UNA FIESTA EN LA SELVA








 


 



Era un día como ningún otro. Tío León, el Rey, daría una fiesta a todos los animales de la selva. Ninguno podía perderse tal oportunidad, pues habría chicha, guarapo y de comer lo que se antojaran los presentes. Tío León la presidiría, y seria esa una gran oportunidad en la cual los animales olvidarían sus tradicionales rivalidades y se darían a la diversión.

 

Desde muy temprano, los invitados empezaron a dirigirse al lugar de la reunión; algo así nadie se lo podía perder. 
Tío conejo, que vivía algo apartado del lugar de la reunión, daba una, otra y mas vueltas en su cueva. Pensaba en cómo llegar a la fiesta. Dejó de dar vueltas y salió de su madriguera. Ya era muy tarde y, de seguro, no llegaría temprano a la fiesta, como era su intención.

De repente algo se movió en la espesura de la selva. Tío conejo intento refugiarse en su cueva, pero era demasiado tarde. Ante él apareció la imponente figura de Tío Tigre.

 

Tío conejo, asustado, sólo se atrevió a decir:

 

-Tío Tigre... ¡Qué susto me ha dado usted...!-.

 

-¿Lo asusté?, preguntó Tío Tigre. - Debió ser por mi figura; siendo usted un animal tan pequeño...-, dijo con cierto aire de grandeza.

- Sí-, respondió Tío Conejo, -debió ser por eso. -, al tiempo que miraba pícaramente a Tío Tigre.

 

- ¿A donde se dirige?-, le preguntó.

 

-¿Yo...? A la fiesta-, respondió Tío Tigre.


 

Si Tío Tigre hubiese imaginado lo que le esperaba, jamás habría respondido de esa forma.

 

- Tío Tigre, usted por qué no hace el favor de llevarme a la fiesta, es que...-.

  

-¿Yo...?-, interrumpió rugiendo Tío Tigre. -¿Cómo se le ocurre?-.

  

-No se enoje, Tío Tigre-, prosiguió Tío Conejo sin impacientarse.

 

-Lo que ocurre es que el lugar de la fiesta queda muy apartado de aquí. imagínese, si llego saltando a la fiesta de seguro mis pequeños pies estarán desechos para entonces y no voy a poder bailar. A demás, un animal tan pequeño como lo soy, ¿qué molestia puede ser para usted?-.

 

 Y, en verdad, ¿qué molestia sería para el gran Tío Tigre?

- Ummm..., bueno, voy a tener compasión de usted, Tío Conejo-, respondió Tío Tigre. -¿Pero cómo lo voy a llevar?-.

 

- A mocho-, respondió sin titubear Tío conejo.

 

-¿Qué?- gruño Tío Tigre. -¿Es que me vio cara de caballo o qué?; pues no, si es así, se queda-, sentenció Tío Tigre.

 

-Pero si no es en su lomo, ¿cómo me va llevar?

 

- Ummm, bueno eso es cierto. A ver, súbase antes de que me arrepienta-

 

- Pero Tío Tigre, con estas paticas tan chiquitas que tengo me caigo; déjese poner silla...-.

 

-¿Qué...?-, volvió a gruñir Tío tigre.-¿Es que me vio cara de caballo o qué? Ni se le ocurra-.

 

- Pero Tío Tigre, para un animal tan grande y verraco como usted, ¿qué importancia puede tener una silla?-.

 

- Pero es que...-.

 

- No, Tío Tigre, yo lo creía más verraco, yo no creía que usted era tan...-.

 

- ¿Tan qué? -gruño Tío Tigre. -No se crea, Tío Conejo: yo soy más verraco de lo que usted cree... Ponga esa silla y súbase antes de que me arrepienta-.

 

Tío conejo sacó la silla y la enjalma y se la colocó lo más rápido que pudo a Tío Tigre, y muy pronto estuvo sobre él. Al verse allá arriba, dijo:

 

- Tío Tigre, Tío Tigre...-. 

 

-¿Qué?, ¿Y ahora qué pasa? Le aseguro, Tío Conejo, que yo no me voy a dejar poner nada más-.

 

- Claro, Tío Tigre. Lo que sucede es que estas zancas tan cortas que tengo, de seguro se me ponga los zamarros, ¿Sí...?-. -Bueno, si es así, si. Pero apúrese, que ya se esta haciendo tarde-.

 

Se bajó Tío Conejo, entró a su cueva y salió con sus zamarros bien puestos. Parecía un verdadero chalán. Se subió a la silla y, al verse allá arriba, dijo:

-Tío Tigre, Tío Tigre...-. 

 

-¿Qué pasa, carajo?, ¿y ahora qué se olvidó?-. 

 

- ¿Es verdad que usted es el animal que más rápido corre?-, preguntó Tío Conejo.

 

- Sí, y ni se atreva a dudarlo, pues el que lo haga tendrá que vérselas conmigo-.

 

- Pues Tío Tigre, si es así, déjese poner jáquima y freno, no ve que...-. 

 

 
-¿Qué?-, gruño Tío Tigre, -¿es que me vio cara de caballo o qué? Tío Conejo, no se aproveche, se yo lo quiero llevar es porque me da pena de usted, pero no se aproveche-.

 

- Pero Tío Tigre, dese cuenta de que si no le coloco jáquima y freno, no voy a tener de qué agarrarme. Imagínese si en esas carreras suyas de repente se atraviesa algo en el camino, ¿cómo lo detengo? Por favor, Tío Tigre, déjese poner jáquima y freno, es por nuestro bien-.

 

 
Tío Tigre volvió a gruñir. Se quedó mirando por largo rato a Tío Conejo, y no se hacía la idea de la jáquima y el freno. Pero en esas carreras algo podía suceder... Al fin se decidió. 

 

- Bueno, Tío Conejo, traiga la jáquima y el freno-. 

 

Ni corto ni perezoso, Tío Conejo entró a su cueva, sacó la jáquima y el freno y se los colocó a Tío Tigre. Se subió a la silla y cuando estuvo arriba dijo:

  

-Tío Tigre, Tío Tigre...-

 

-¿Qué pasa, carajo?; no joda más, Tío Conejo, ¿no ve que ya es demasiado tarde para llegar a la fiesta?

 

- Pues de eso le quiero hablar, Tío Tigre. Déjese poner espuelas-.

 

- ¿Qué?-, gruño más enojado que nunca Tío Tigre. - ¿Me vio cara de caballo o qué? Eso ni se ocurra. 
 

 

Véanlo, eso si no, querer colocarme espuelas. ¡Eso ni se ocurra repetirlo, Tío Conejo, ni se le ocurra!-.

 

 
Tío Tigre rabiaba y rabiaba bajo la paciente mirada de Tío Conejo. El tiempo pasaba. Pronto Tío Tigre se calmó, y Tío Conejo le dijo:

 

- Vea, Tío Tigre, ya queda muy poco tiempo para llegar a la fiesta y Tío León no le va a perdonar que usted llegue tarde; no se le olvide que usted es el segundo, y si llega tarde... yo no quiero ni imaginarme a Tío León...-.

 

-¡Cállese, Tío Conejo! Lo dejo poner las espuelas, pero, eso sí, despacito no más. Porque de lo contrario...-.

 

- Tranquilo, Tío Tigre, yo se cómo hacerlo...-.

Se bajó nuevamente Tío Conejo, entró a su cueva y salió con un par de lo mejor. Se subió sobre Tío Tigre y, cuando se vio allá arriba, ¡rass!,¡rass!: rayó Tío Conejo a Tío Tigre y en un abrir y cerrar de ojos llegaron al lugar de la fiesta. Tío Tigre estaba asoleado, cansado, nunca en su vida había corrido tanto y en esas condiciones. Y aún jamás como un caballo. Mirando su charrasco lleno de sangre por causa de las espuelas, no daba crédito a lo que sus ojos veían y mucho menos se explicaba lo que había sucedido. Tío Conejo lo dejó amarrado a un árbol cerca de la fiesta. Tío Tigre no se resistió, no tenia ánimo ni de hablar, mucho menos de oponerse a tal situación.


 

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