HOJARASQUIN DEL MONTE





Tío Conejo caminó y caminó hasta encontrar un lugar extraño. En la distancia divisó una construcción, se acercó y observó que era un trapiche; no muy lejos de ahí observó algo más extraño aún, un animal que jamás había visto en la selva: era Tío Burro, estaba con montura. Después de apreciar sus cualidades y mirar la miel en el trapiche, una sonrisa apareció en su pequeño rostro.   



Echó miel sobre su cuerpo, se dirigió a una cachaza y cubrió su cuerpo con grandes hojas secas; luego tomó a Tío Burro y regresó en dirección a la selva. No había caminado mucho cuando...¡Tío Tigre!

 

¿Quién eres tú?, pregunto Tío tigre visiblemente sorprendido.

 

 

-Soy Hojarasquín del Monte, amigo de Tío Conejo-.


Tío Tigre no salía de su asombro. Tío Conejo con amigos por lados..., se preguntaba. Y mirando a Tío Burro, animal al que nunca en su vida había visto, volvió a preguntar:

 

-¿y eso...?-

 

-Es una máquina de guerra-, respondió Hojarasquín del Monte.

 

Tío Tigre no daba crédito a lo que miraba. Se asustó mucho más cuando vio que las largas y horribles orejas de Tío Burro se movían en dirección a él, y señalándolas indagó:

 

-¿Y eso...?-.

 

-Esa es la mira. Gracias a ella detecto a los enemigos de Tío Conejo-. Y puesto que en esos momentos las orejas de Tío Burro estaban en dirección a Tío Tigre, Hojarasquín preguntó:

 

-¿Es acaso usted enemigo de Tío Conejo?-.

 

-No, no... Somos muy buenos amigos-, respondió apresuradamente Tío Tigre.

 

De repente algo largo y negro se estiró entre las piernas de Tío Burro.

 

 -¿Y eso...?-.

 

-Ah, eso... eso es el cañón, por ahí disparamos las balas a los enemigos de Tío Conejo-.

 

-¿ Las balas...?, se preguntó Tío Tigre. - ¿Y cuales son?-.

 

Hojarasquín señaló entre las piernas de Tío Burro. Tío Tigre estaba a punto de desmayarse. ¡Qué balas más grandes! En verdad, ningún ser resistiría al ataque de tan fenomenal arma de guerra. De pronto...

 

- Ummmrrr, jummmrrr, ummrrr, jummmrrr, ummrr...-, rebuznó Tío Burro. ¡Que sonido más ensordecedor!

 

- ¡La señal de ataque!-, gritó Tío Conejo.

 

Los ojos de Tío Tigre parecía que se iban a salir de sus órbitas, y más asustado que nunca salió a correr. Los animales que lo vieron en su estampida creyeron de que seguro el diablo iba tras de él. Tío Tigre ya no sería problema para Tío Conejo, que tirado en el suelo y cogiéndose la barriga reía, reía y reía.







 


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