Luego de reír por lo que había hecho a Tío Lobo, Tío Conejo regresó a su cueva. Pero una inquietud lo asaltaba. Si en las uvas había una trampa, era probable que en el maizal también hubiese una. El ladrón de las uvas había sido atrapado y castigado, ¿pero el del maíz? ¿A quién inculpar? De pronto vino a su mente la imagen de otro animal que merodeaba aquellos extraños lugares. Tía Chucha. Sí, ella. Sería una ladrona perfecta y, además, poco conocía de los antecedentes de Tío Conejo.
Tío Conejo decidió buscarla, y muy pronto la encontró. Estaba con un vestido largo, muy hermoso, y buscaba qué llevar de comer a sus hijos. Tío Conejo se acercó y le preguntó:
-Tía Chucha, ¿Qué hace?-.
-Qué susto me ha dado, sobrino conejo-, Ya un poco más calmada, prosiguió:
-Ando buscando qué llevar a mis hijitos-.
-Tía Chucha, por la comida de sus hijos no se preocupe, yo tengo una finca llena de maíces tiernos, ahí puede coger lo que quiera para usted y sus hijos-.
-¿verdad, sobrino?-. Tía Chucha estaba feliz.
-Sí, camine para que vea-.
Tía Chucha decidió seguir a Tío Conejo. ¡Qué felicidad la de la Tía Chucha! En el camino a la finca, cantaba y cantaba.
- Tía Chucha, cállese-, le decía Tío Conejo.
- Laray, laray, laray, laray, laray, ¿y que no voy pa´lo propio, sobrino?-, preguntaba:
- Si, pero cállese, Tía Chucha. ¿ No se da cuenta de alguien la puede escuchar y querrá que también la invite?-.
Tía Chucha no hizo caso y felizmente seguía cantando. Muy pronto estuvieron en la finca.
- Hemos llegado, Tía Chucha-.
- Cómo le agradezco su buena voluntad, sobrino-.
- No se preocupe, Tía Chucha, puede coger lo que usted quiera-.
Tía Chucha, muy confiada y sin saber que su sobrino le había llevado a robar, se internó en el maizal cantando a lo que sus pulmones le permitían. La dueña de la finca que esperaba atrapar al ladrón, pronto se dio cuenta de que alguien acechaba su maíz.
Por su parte, Tía Chucha recogía y recogía cuantos choclos podía. De pronto..., ¡guau!,¡guau!,¡guau!, ¡guau...! No sabia que hacer, pues el solo ladrar de los perros la aterrorizaba; asustada y dejando todo atrás, echó a correr. Al darse cuenta de que los canes pronto la alcanzarían si no hacía algo rápido, decidió saltar un quinchau, una cerca de cañabrava, y cuál fue su mala suerte cuando su vestido grande y hermoso quedó enredado en la cerca. Los perros ya estaban muy cerca. No le quedó más remedio que deshacer su vestido y correr como nunca antes había corrido.
En un momento de lucidez y dándose cuenta de la osadía de su sobrino, que por cierto ya había huido, sólo reparó en decir:
-¡Adentro, patas, que en este mundo todo es trampa!


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