TÍO LOBO, CULIQUEMAO POR BOBO







Tío conejo regresó a tío burro a su lugar de origen y decidió pasar algunos días en el lugar. Luego de construir su cueva, recorrió los alrededores y encontró dos cosas que le llamaron profundamente la atención. Un maizal y un viñedo.

 

-¡Que uvas mas grandes y sabrosas!- era lo único que decía cuando las comía.  
El dueño del viñedo no sabia ni imaginaba ni siquiera que animal podría estar comiéndose sus grandes y sabrosas uvas. Decidió idear una trampa. para ello construyó un muñeco de cera al que cubrió de brea y le colocó en una de sus manos una panela y en la otra un queso, luego lo ubicó en el centro del viñedo.

Al rato llego Tío conejo y, como era de esperarse, observó al extraño y le preguntó:

 

- Negro, ¿eso que tiene usted en la mano no es un queso...?¿Por qué no me da un pedazo...?-,

  

Tío conejo no recibió respuesta alguna.

 

-Negro, ¿acaso no me oíste que me des un pedazo de queso?-, ordenó

 

Mas el extraño no respondió. Tío conejo se impacientaba.

 

-Ah, no querés hablar, Vamos a ver quien puede mas-,

 

Seguidamente Tío conejo estiró su mano tratando de conseguir el pedazo de queso, pero cuál fue su sorpresa cuando su mano quedo adherida al cuerpo del extraño y, por mas que intentaba, no podía zafarse de él. Sorprendido, Tío conejo aseguró:

 

-Vea, señor, si usted no me suelta, le doy una trompada y le quito la panela-,

 

como no recibió respuesta Tío conejo lanzó su mejor golpe a la cara del extraño, pero nuevamente su otra mano quedó pegada al cuerpo del misterioso ser.

 

-Vea, señor, suélteme; que si no lo hace le pego una patada.-

 

Tío conejo tiró un puntapié al extraño, pero nuevamente quedó pegado. Así, entre amenazas y golpes, Tío conejo terminó completamente adherido al muñeco. Estaba agotado, pues por mas esfuerzos que hacia por liberarse de su situación, no lo conseguía. Perdidas las esperanzas de libertad, se tranquilizó. De pronto apareció ante sus ojos la figura del hambriento Tío lobo. Estaba salvado...

 

- Tío lobo!-, gritó Tío conejo, -¡ayúdeme!-, suplicó.

 

- Tío conejo, ¿Qué hace ahí?-, preguntó Tío lobo visiblemente confundido.

 

- Si le contara, Tío lobo... Vea, este señor me tiene aquí porque yo no quiero casarme con su hija.

 

- ¿Cierto, Tío conejo?-.

 

- De verdad, Tío lobo; y es tan así, que esta comida me da si me caso-.

 

Tío lobo observó la panela y el queso, y quiso saber:

 

- pero Tío conejo, explíqueme algo... si a usted le dan mujer y comida, ¿por que no se casa?-.

 

- Es que yo obligao no me caso, así me den toda la comida del mundo-, respondió Tío conejo. -Y, además, una persona tan pequeña como soy, ¿para que casarme? Eso es para alguien como usted, Tío lobo-, afirmó.

 

- ¿ Como yo?-, intervino Tío lobo.

 

- Tío lobo-, Tío conejo se apresuró, -¿por qué no me libera y toma mi lugar? Así se casa con la hija de este buen señor...

 

-Pues, viéndolo bien, es una muy buena idea-, contesto Tío lobo. -Si me caso, tendré quién me sirva y así no tendré que ir a cazar.

 

Tío lobo liberó a Tío conejo, y tomó su lugar. De seguro su vida cambiaría desde ese momento.


De pronto se oyeron pasos. Tío Conejo dijo:  

 

- Le agradezco, Tío Lobo. Usted no se va a arrepentir de su matrimonio. Esos pasos que usted oye han de ser de los que vienen por mi, y como yo no quiero casarme, mejor me voy-.

 

Así Tío conejo huyó del lugar, se ubicó a prudente distancia y observó a Tío Lobo que en voz alta decía:

 

- Por fin voy a tener qué comer día a día sin tener que salir a cazar; tendré quién me sirva y, porque no hasta finca me dará el padre de mi esposa...-.

 

Su alegre voz se vio interrumpida por la presencia de la madre de su futura esposa, que como cosa extraña traía una barra de hierro al rojo vivo.


- ¿Y eso que será?-, se pregunto asustado Tío Lobo.

 

Ah, con que vos sos el animal que se ha estado comiendo mis uvas. Ahora vas a pagar todo lo que te has comido-. Su suegra se ubicó detrás de él.

 

Tío Lobo no sabía que pasaba, ni se lo imaginaba. Quiso liberarse, pero pese a todos los esfuerzos que realizó, no le fue posible. De pronto sintió que algo le entraba por detrás, quemándose las entrañas.


-¡Auuuuuuu, auuuuuuu, auuuuuuu!-, aullaba el pobre Tío Lobo ante la inclemencia del castigo.

 

Cuando terminó, Tío Lobo yacía junto al muñeco de brea en condiciones deplorables. Estaba casi muerto, solo escuchaba la voz de Tío conejo que, riendo y desde una colina cercana, le gritaba.

 

-¡Al agua Tío Lobo, culiquemao por bobo!.

 







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